Desbalance: Capítulo 2 – El enojo

El enojo es un estado emocional que nubla la razón. La mayoría de las veces ocurre cuando no se puede lidiar con cierto tipo de situaciones. Tienden a generar mayor enojo, aquellas que no está en nuestras manos resolver.

Existen muchos detonantes del enojo y muchos de ellos radican en nosotros mismos. Otros se deben a factores totalmente ajenos a la persona.

Los que produce el ego

El enojo producido por el ego se dispara cuando alguien es señalado de tener ciertos comportamientos o actitudes que niega tener, pero que en el fondo sabe que están ahí.

Ocurre cuando el sistema de valores del individuo es transgredido o se encuentra en riesgo. Usualmente este conjunto de creencias es desproporcionado en comparación con el estándar.

A veces se produce por  el fracaso; la incapacidad de la persona en lograr lo que se propone. El esfuerzo realizado para la obtención de un objetivo es vano porque no genera frutos. Otra veces es la frustración, producida por la falta de disciplina y de voluntad para llevar a cabo una acción.

Los que están fuera de nuestras manos.

Puede que estos sean los que más dolor produzcan porque el individuo puede hacer muy poco por evitar sus detonantes. Por más que haga, no encuentra forma de hacer que estos factores desaparezcan.

Un ejemplo ilustrativo son los chismes. Representa una ofensa sin motivos, que tiene como fin difamar y causar daños a la reputación de una persona. Sus repercusiones se hacen evidentes cuando un tercero da credibilidad al rumor y toma una postura contraria al supuesto victimario. La persona ofendida no puede evitar que los demás hablen en su contra, aunque puede tomar ciertas medidas para contrarrestar la situación.

Otros elementos que corresponden a esta categoría son la injusticia, las provocaciones, la violencia, entre otros.

Balance en el desbalance

El enojo puede convertirse en una fuerza abrumadora que puede llevar al ser humano a realizar acciones extremas. Este estado de ánimo pasajero, hace a la persona impulsiva e irracional cuando se encuentra fuera de balance. El fin del enojo es la violencia.

Es natural sentir enojo, porque es una respuesta humana a los estímulos a los que estamos expuestos. No obstante, sin importar el motivo; el enojo debe ser puesto bajo control.

Al enojo se opone la paciencia y el perdón: dos elementos clave para encontrar el balance. Se alcanzan únicamente a través de un profundo escrutinio del ser. Un examen de consciencia que evalúa objetivamente las razones que nos llevan al enojo y se determina a mejorar las áreas de debilidad identificadas.

Como decía un antiguo sabio:

26. “Enójense, pero sin pecar; que el enojo no les dure hasta la puesta del sol, 27. pues de otra manera se daría lugar al demonio.”
Carta a los Efesios, 4

Eso es lo que diferencia al ser humano del resto de la creación, nuestra capacidad de poner bajo control nuestros instintos y conducir la vida según la propia conveniencia. De manera consciente y racional.

Advertisements

Desbalance: Capítulo 1 – La palabra

La palabra es algo ordinario que puede llegar a ser extraordinario. En la palabra escrita 27 caracteres son suficientes para crear una combinación infinita de expresiones que comunican formas de pensar, estados de ánimo, intenciones y demás.

La palabra inspira, apacigua, estimula y convence. Es parte de la naturaleza humana. Por la palabra se ha hecho la paz, pero también la guerra. Por la palabra se salva, pero también se condena.

¿Qué hace que sea tan poderosa? ¿Qué hace que sea capaz de edificar, pero de destruir al mismo tiempo? Ciertamente no es la palabra por sí sola, sino el sentimiento que oculta bajo su sonido, la idea entre las líneas, el vacío que llena ante las carencias.

Como todo en la vida, la palabra también requiere balance. Utilizada virtuosamente genera toda clase de bondades. Utilizada viciosamente genera todo tipo de agravios. La madre que alienta a nunca rendirse o el padre que menosprecia y desacredita. El activista que llama a la paz o el político que llama a la guerra. El amigo que conforta o el enemigo que difama.

Ante la palabra se requiere convicción y carácter. Cuando la convicción falta, la palabra es como la crecida de un río: todo está revuelto, arranca todo de sus cimientos. Pero cuando prevalece, la palabra se detiene, la enfrenta y la cuestiona y así se encuentra el balance ante una fuerza silenciosa; intangible, pero visible y audible.

Camino a la Santidad: Los inicios

Después de 3 años de inactividad y después de muchas reflexiones me decidí a compartir con cuantos se tropiecen con este blog algunas vivencias. Mejor aún, me gustaría invitar a los que se atrevan, a que me acompañen en este peregrinaje que he decidio emprender.

Seguramente va a ser un camino en el que van a encontar muchas heridas, algunas viejas y otras más recientes, algunos dilemas y algunas soluciones. En fin, será un camino lleno de altos y bajos, pero espero que ante todo sea un recorrido que llene de esperanza y por qué no que lleve a la libertad. Solo una petición les hago: que antes de iniciar su lectura se detengan y oren por mí, y le pidan a Dios que me de la perseverancia para llegar hasta el desenlace de este camino que en este momento no se dónde me va a llevar.

————————–

Recuerdo un episodio de mi adolescencia que hasta el día de hoy me parece muy interesante. Siempre me encontraba en una situación a la que jamás le encontraba respuesta. Fue hasta muchos años después que logré entender por qué me pasaba lo que me pasaba.

Eran esos años en los que pasaba una de esas “crisis de identidad” que todo chavalo a esa edad suele pasar. Resulta que cada noche al finalizar mis días, fueran buenos o fueran malos siempre me acostaba con una sensación inmensa de nostalgia y de soledad. Decía yo para mis adentros que “era como si algo o alguien me hiciera falta, pero no sabía qué o quién”. Por muchos años experimenté esta sensación aún cuando llegué a mi etapa de universidad.

Durante este período de mi vida comencé a darle solución a este asunto y así fue como comencé a descubrir qué era lo que me faltaba. Por suerte en la universidad siempre estuve rodeado de amigos a los que recuerdo con mucho cariño. Pero aún así seguía experimentando la misma crisis. Así que seguí probando y en ese tiempo conocí a una muchacha con la que salí por buenos años, pero aún seguía sin encontrar la solución. También me involucré en muchas organizaciones en las que hacía activismo, pero nada. Llegué a sentir que estaba en todos lados y no estaba en nada. No era para nada constante en ninguno de los grupos en los que estaba. Una semana caminaba con un grupo de amigos en la universidad y a la siguiente andaba con otros. Hasta me involucré con un grupo de chavalos católicos que se llamaban Jóvenes al Servicio de Cristo, pero nada. La crisis se volvió insostenible.

En esa búsqueda cometí muchos errores y una serie de acciones que provocaron daño a muchas persona y a mi mismo. Me dejé llevar por mis deseos y por mis emociones. Era como una hoja que el viento se lleva de un lado al otro. No tenía voluntad. Para cuando eso había pasado ya había tenido “una experiencia de Dios” con esos chavalos religiosos, pero parecía que ninguna de las señales que Dios me había enviado eran suficientes para hacerme entender que todo el éxodo que estaba pasando en ese momento era innecesario. Y la razón principal era que Dios desde siempre había reservado para mí un lugar  muy especial en su corazón y que lo único que hacía falta era que abriera mis ojos para darme cuenta que lo único que el Señor pedía de mí era que le entregara absolutamente todo de mí, que dejara de hacer las cosas por mi propia cuenta y que lo dejara actuar a él,  porque Él mejor que nadie sabía que lo que estaba pasando no era para que lo atravesara solo, sino que la única manera de superarlo era de su mano.

Cuando llegué al punto de inflexión, el Señor ya estaba preparado para tirar la toalla. Sabía que la pelea que estaba llevando por mi cuenta con ese monstruo abrumador era demasiado para mí. Así que después de salir noqueado del cuadrilátero de la vida, me sanó y me preparó para tener un encuentro personal con él, como el que tiene un padre con el hijo que tiene años lejos de casa, pero que regresa arrepentido.

Cuando estuve a solas con él, me susurró la respuesta que todo el tiempo estuve buscando al oído:

“La respuesta que buscás soy yo. He sido yo a quién has extrañado todo el tiempo. He sido yo al que buscabas. Si sentías nostalgia era porque yo también te buscaba y anhelaba que regresaras a mis brazos. Y ahora que te he encontrado nunca más voy a soltarte. Aunque te caigás yo te levanto. Porque yo soy tu Dios y tu Señor. Y aunque sintás que el mundo se caiga a pedazos vas a estar firme porque mi mano te sostiene. Esa es mi promesa. La promesa de amor que he hecho con vos y con los que me aman”.

El encuentro: Capítulo 4

Alicia era una niña muy solitaria. Tenía dos hermanas mayores, pero ninguna de ella lo suficientemente menor como para jugar con ella sin perder el interés a la hora siguiente. De ahí que los regalos de la tía Margarita siempre le causaran fascinación, porque eran el incentivo perfecto para echar a volar su imaginación y así olvidar un poco la sensación de sentirse como la única de su especie.

 Por si fuera poco, los padres de Alicia había decidido vivir en un lugar alejado de la capital. Desde que pensaron en su casamiento habían decidido buscar un sitio alejado de la ciudad, donde pudieran vivir en paz y criar a sus hijas en un ambiente rodeado de hermosas praderas y de los vientos helados que soplaba el volcán del este.

Esa situación reducía las posibilidades de Alicia para hacer amiguitos. Las casas más cercanas estaban a más de ochocientos metros de distancia; los padres y madres preferían que sus hijos disfrutaran una infancia segura dentro de sus enormes y cómodas casas.

Sin embargo, el cumpleaños número tres de Alicia marcó el inicio de una vida completamente diferente a la que había estado acostumbrada. Con la llegada de la tía Margarita desde España las cosas cambiaron de una forma que haría que jamás se sintiera sola en su vida.

La pequeña se encontraba jugando con los niños que habían llegado a la celebración. Hasta el momento la sensación de la fiesta había sido un enorme carro eléctrico que le había regalado su papá. Era un coche hecho a su medida. Su sillita y su volante se acoplaban perfectamente al tamaño de Alicia. Los cipotes peleaban para decidir el turno del próximo copiloto.

Era uno de esos juguetes que todo padre y todo hermano siempre soñó tener de niño. No era necesario que un adulto lo empujara, porque al presionar el pedal que traía en el asiento del conductor se desplazaba solo. Corría tan lento como una tortuga, pero era la velocidad ideal para cualquier chiquitín.

 Los familiares y amigos que se habían hecho presente gozaban al ver la alegría y el alboroto que el carrito eléctrico había provocado entre los infantes. En general es difícil evitar sonreír al ver el rostro de felicidad de un niño. La reacción era obvia.

 El espectáculo terminó cuando la mamá de Alicia llamó a todos a cortar el pastel. De pronto daba la impresión de que la palabra pastel tenía efectos mágicos sobre invitados y sobre todo en los niños, que salieron corriendo tan rápido como pudieron para tomar su trozo de queque.

  • ¡Feliz cumpleaños a tí, feliz cumpleaños a tí, feliz cumpleaños Alicia, que lo cumplas feliz! – Coreaban todos los invitados.

 La partida del pastel significaba el final de la celebración, así que todos los invitados llamaron a sus niños y se despidieron agradecidos por los tratos recibidos en la fiesta. Lo más probable es que Alicia haya sido la que menos disfrutara la despedida porque cada “adiós” era equivalente a un apretón de mejillas para ella. Desde que tuvo consciencia siempre se preguntó por qué los cachetes de los niños eran el foco de atención de los Grandes.

 Ahora que todos se habían ido, era el momento ideal para que la tía Margarita hiciera entrega oficial de su regalo. Se notaba en ella un rostro de ansiedad. Ya quería conocer cuál sería la reacción de su sobrina al recibir el presente de ella y de Don Rodrigo.

– ¡Alicia, tu tía te llama! – Gritó la mamá en dirección al patio.

Corriendo emocionada por la noticia, Alicia corrió lo más rápido que pudo hasta la sala. Tomo impulso y se abalanzó sobre los brazos de la tía Margarita. Ambas estaban felices de encontrarse.

– Mirá lo que te traje! – Dijo la tía Margarita, sosteniendo en sus manos una bonita caja envuelta en papel de regalo.

 Sin pensarlo dos veces Alicia cogió el regalo y lo abrió tan rápido como pudo. Al descubrir la tapa de la caja la niña se quedó con la boca abierta. El regalo la había dejado estupefacta. Como dicen por ahí, hubo química en el primer instante.

 Luego con una sonrisa de oreja a oreja lo tomó cuidadosamente con las manos y lo levantó hacia el cielo lentamente. Estando allá arriba lo contempló por un buen rato (siempre con su sonrisa de asombro) y lo abrazó tan fuerte como pudo.

 Era un muñeco de trapo. Su piel era blanca como la nieve. Por ojos tenía dos botones relucientes de color azul brillante. Por boca le habían dibujado una enorme sonrisa bordada con hilos negros. En su cabeza llevaba una boina azul a cuadros, que combinaba perfectamente con su chaleco del mismo color. Usaba un pantalón negro con bolsillos a los lados. Sus zapatos también eran de trapo, muy al estilo de los años 20.

 Era un muñeco un poco anticuado para la época, pero había algo en él que provocaba en Alicia la sensación de haberlo tenido de toda la vida. Tal vez era su sonrisa, o quizás eran sus zapatitos de trapo que le impregnaban un toque de dulzura. Lo cierto es que aquel juguete cambiaría por completo la vida de la niña.

Nuevamente lo miró su muñeco al rostro y créanlo o no, Alicia vio claramente que el juguete le había guiñado un ojo. Muchos creerían que cualquier niño que presenciara esto moriría del susto y correría despavorido a los brazos de su madre rogando que lo quemaran. Pero la reacción de la pequeña fue otra.

– ¡Un muñeco mágico!- Pensó

– ¿Y cómo lo vas a llamar?- Preguntó Margarita.

– Johnnie.- Respondió con tanta espontaneidad, que parecía que el muñeco personalmente le había dado su nombre.

La despedida: Capítulo 3

Don Rodrigo se había encargado de empacarlo con mucho cuidado. Un viaje de once horas no era cosa fácil para un juguete de 73 años. Aunque en apariencia parecía  haber recién salido de la fábrica.

 Lo guardaron en una caja de madera liviana, con el interior recubierto por densas esponjas que lo amortiguarían de cualquier impacto que sufriera en el maletero del avión. Y es que un juguete especial, merece un trato especial.

 Aunque la tía Margarita miraba un poco exagerado el esmero con que Don Rodrigo empacaba a su viejo migo, comprendía que era una situación difícil para él y que aquella meticulosa despedida era necesaria para menguar el sabor a nostalgia que estaba tomando aquel momento.

 Tomando su manito y moviéndola de lado a lado Don Rodrigo se despidió:

 -Adiós viejo amigo, te extrañaré cada día hasta que me vaya al otro lado.

 La tía Margarita se despidió de Don Rodrigo con un beso en la frente. Ambos se vieron con un gesto de ternura y para calmar la ansiedad del adorable anciano, Margarita sacó de su cartera una foto de la pequeña Alicia y le dijo.

 -No se preocupe. Está en buenas manos.

 Esa fue la última vez que Don Rodrigo vio a su juguete querido. Su prolongada niñez había terminado.

Aún a sus 40 años, se encerraba por horas en el ático de su casa. Tal vez para platicar o quizás para jugar con él. Su esposa jamás entendió qué había de especial en ese muñeco. Para ella era tan ordinario como los demás. A lo mejor si hubiesen tendido hijos, ellos entenderían ese lazo, pero la verdad es que nunca ocurrió de esa manera.

 La tía Margarita se marchó. Llevaba prisa porque iba retrasada al aeropuerto. Además, estaba emocionada porque ya quería llegar a casa y mostrarle a Alicia el regalo que con tanto cariño había escogido para ella. Realmente era muy especial.

 Esa tarde, Don Rodrigo decidió cerrar temprano la tienda. La feria gitana había perdido la alegría que la caracterizaba. Sintió ganas de correr detrás de Margarita para decirle que había cambiado de opinión, pero su honor pudo más que la nostalgia que lo envolvía.

 Se sentó en la silla que estaba contiguo a la caja registradora. Cerró sus ojos y suspiró. Su mente era como una cinta que reproducía los mejores momentos al lado de su muñeco: la mañana en que lo recibió de manos de su padre en la vela de su mamá, el día que se atrevieron por primera vez a saltar de un columpio en movimiento o la vez que echaron un sapo en el bolso de su maestra de tercer grado.

 Para algunas personas un juguete puede significar un momento de distracción efímera, para otras representa una fuente inagotable de aventuras, de confidencias, de travesuras y de creatividad.

 -Si tan solo más personas pensaran de esa manera, habría menos niños frustrados en el mundo-. Pensó en voz alta.

 Resignado a su nueva realidad, salió de la tienda a buscar su cotidiano café de la tarde. Los chavalos en el parque le generaban deseos de ser niño por segunda vez y vivir la vida sin preocupaciones de ningún tipo.

Los primeros recuerdos: Capítulo 2

En su tercer año de vida, Alicia comenzaba a formar los primeros recuerdos de su niñez. También estaba consciente de la fiesta que su familia había preparado en su honor y eso le provocaba una felicidad enorme.

 Habían muchas razones para que Alicia se sintiera feliz. El día de su cumpleaños era una razón obvia para estarlo, así como lo era la posibilidad de jugar con tantos niños que llegaban a visitarla durante la fiesta. Sabía también que recibiría muchos regalos, de muchos colores y formas, de todos los olores y sabores. A veces sentía que quería abrir todos los regalos de una vez, pero la imagen de su mamá con el ceño fruncido podía más que su ansiedad por descubrir el contenido de los obsequios.

Pero lo que más alegría le provocaba era la llegada de su tía Margarita. Alicia saltaba de la alegría cada que ella ponía un pie en su casa. Ambas pasaban largas horas jugando en el patio, simulando ser duquesas que disfrutaban una amena tarde tomando una taza de té o creando novelas enteras de amoríos enmarañados entre sus muñecas favoritas y los soldados de plástico que guardaba en un tarro vacío de leche.

Margarita jamás llegaba con las manos vacías. A veces, los obsequios eran pequeños, a veces eran enormes, pero nunca dejaban de ser sorprendentes.

 El otro día, mientras la tía Margarita visitaba una venta de patio en la casa de su vecina, descubrió un curioso libro ilustrado con todas las especies de mariposas que había en el continente. Sus alas de arcoíris se mostraban majestuosas en cada lámina perfectamente dibujada.

 Cuando el libro llegó a manos de Alicia, provocó en ella un rostro de asombro, similar al de un niño que conoce personalmente a Mikey Mouse en Disneylandia. Aquellos insectos coloridos le recordaban las hadas de las que tanto hablaba su mamá en los cuentos “de antes de ir a dormir”. Por semanas, Alicia pasó absorta viendo una y otra vez las figuras de mariposas, para después jugar a ser una de ellas en el mundo encantado del bosque de las hadas.

Alicia suele ser muy imaginativa. Es capaz de pasar horas en el jardín creando y viviendo simultáneamente sus propias historias. Las hormigas le parecen ejércitos organizados que luchan contra gigantes invasores que aplastan sus ciudades con una sola pisada. Las hojas que caen de los árboles se transforman en alfombras voladoras que transportan insectos a todos los destinos del jardín. Y al finalizar la jornada, el césped se transforma en una inmensa pista de baile donde Alicia juega a danzar ante un público multitudinario.

 Los globos, la música y el pastel parecían una pequeña muestra del mundo que habitaba en la mente de Alicia. Los niños empezaban a correr de un lado al otro emocionados por tanta algarabía. Alicia comenzaba a disfrutar lo que sería en sus recuerdos, uno de los mejores cumpleaños de su vida.

 Alicia posaba para la típica fotografía de la cumpleañera que parte el primer trozo de pastel, cuando un poco apresurada entró por la casa la tía Margarita. Su reacción no se hizo esperar.

 -¡Tía Margaritaaaaaaaaaaaaaaaa!- Gritó mientras arrojaba al aire el cuchillo de plástico y la escudilla donde pretendía colocar el trozo de pastel que estaba cortando.

Todos en la fiesta rieron a carcajadas cuando vieron el actuar genuino de la niña. Y no era para menos pues había esperado todo el día por la llegada de su tía Margarita. Sabía que traía algo especial entre manos.

Margarita se disculpó con todos por la tardanza. Los agentes del aeropuerto retrasaron su salida del complejo porque habían perdido el paquete que había comprado especialmente para Alicia en la feria gitana de Barcelona. El tiempo de espera valió cada segundo.

Después cantar el “Happy Birthday” y de repartir el pastel, finalmente Margarita tenía toda la atención de Alicia. Estaba ansiosa por enseñarle el presente que con tanto amor había escogido para ella -más bien el presente que Don Rodrigo cedió para ella-.

 Esperaron hasta que se había abierto el último regalo. Todos eran una monada. Sandalias con luces en las zuelas, una cajita musical, un set de peines y cepillos y hasta un piano miniatura con estampados de Abelardo, el chocoyo gigante -o lo que sea- de plaza Sésamo.

Finalmente era el turno de tía Margarita para mostrar su regalo. Cuando lo sacó de la maleta Alicia dejó todo para saber lo que guardaba entre sus manos. De pronto fue como si cada uno de esos juguetes que recién había abierto no tenían importancia.

 Sus ojos se iluminaron y su vista se perdió en la figura de aquel curioso juguete. Parecía que lo había tenido desde toda una vida.

El regalo perfecto: Capítulo I

En su cumpleaños número tres, Alicia recibió un regalo que cambiaría su vida por completo.

En su último viaje a Barcelona la tía Margarita había visitado una feria ambulante de gitanos que había llegado a la ciudad. Mientras caminaba por uno de los corredores de la pintoresca verbena, se topó con la tienda de Don Rodrigo, un anciano bonachón, de mejillas rosadas y una barba blanca y abundante. Vendía juguetes desde que tenía 16 años. Un oficio aprendido por su padre, uno de los jugueteros más conocidos de Montevideo en aquella época.

 Al llegar a la estantería, la tía Margarita no pudo contener su curiosidad y se dispuso a observar cada uno de aquellos curiosos juguetes que rellenaban con gracia y alegría los anaqueles de la tienda.

 -Pase adelante- le dijo Don Rodrigo.

 Y sin pensarlo dos veces la tía Margarita entró. Sintió que era niña por segunda vez. Aquellos juguetes eran especiales. Eran completamente distintos a cualquier juguete que había visto antes. Era como si cada uno de ellos almacenara dentro de sí, las memorias de felicidad de cada niño que jugaba imaginando un mundo de luz y esperanza en sus tardes de claustro en la casa del árbol.

 Cada juguete era hermoso, pero ninguno era el que ella buscaba. Recorrió toda la tienda para encontrar al indicado, pero la búsqueda fue en vano. Un poco decepcionada, regresó al puesto de Don Rodrigo.

 -Don Rodrigo, es una lástima que no haya encontrado uno tan especial como el que buscaba.

 -Cada niño y cada niña merece un juguete que sea digno de disfrutar con ellos los momentos más felices de todo ser humano: la infancia.

 Con una sonrisa un poco nostálgica la tía Margarita miró hacia el suelo resignada por su búsqueda fracasada. Pero al fijar su vista a la vitrina que estaba junto a la caja registradora, vio lo que parecía ser una revelación divina. Era el juguete perfecto.

 Cuando Don Rodrigo se percató de sus intenciones, la detuvo inmediatamente.

 -No está en venta.

 -¿No está en venta?

 -Este pequeñín ha sido mío desde que tenía 3 años. Fue el regalo que mi madre me dio antes de su muerte. Falleció un día antes de mi cumpleaños. Nunca pude recordar su rostro.

 Conmovida por la impactante historia de Don Rodrigo y triste por haber encontrado inaccesible el juguete que creyó el indicado para su sobrina, agradeció al viejecito barbudo y bonachón el haber compartido su historia y la oportunidad que le dio de recorrer su tienda.

 Margarita suspiró. Nunca creyó que buscar un regalo para su querida sobrina fuese tan difícil de encontrar, así que pensó en las alternativas más comunes: calcetines con encajes, jabones con fragancias infantiles o el típico kit de cocinitas y cazuelas de plástico, ideales para entrenar a toda buena niña para las labores del hogar.

 Decidida a encontrar cualquiera de sus opciones, caminó hacia la salida de la tienda y luego de 5 pasos la voz desgastada de Don Rodrigo la detuvo.

-Pude ver en sus ojos que la persona a quien desea regalarle mi juguete es muy especial para usted.

 -No sabe cuánto la amo. Es mi sobrina. Para mí es como la hija que nunca tuve.

 La sonrisa de oreja a oreja que tenía la tía Margarita y la mirada de felicidad que albergaba en sus ojos fueron razón suficiente para terminar de convencer a Don Rodrigo de su iniciativa. Era una decisión difícil para él. El juguete fue su acompañante por 70 años y deshacerse de él de un día para otro no era cosa fácil.

 – El juguete es suyo.

 -¿Lo jura?

 -¡Por mi barba!

 Aunque la tía Margarita estaba dispuesta a pagar cualquier suma por ese juguete Don Rodrigo rechazó todas sus ofertas. Es que la felicidad no puede ser comprada por unos cuantos pesos y mucho menos un juguete responsable de provocarla. La mejor paga era la felicidad que daría por muchos años a la pequeña Alicia.

 Luego de muchos besos y un abrazo que casi corta la respiración de Don Rodrigo, la tía Margarita se despidió con la conciencia tranquila como para iniciar su viaje de regreso al país que la vio nacer.